... ¿idílico? ¿entrañable? ¿cálido?.... Humm. No creo que
ninguno de estos epítetos le definan, porque también es mucho más. Tampoco le diferenciarían del resto de los pueblos, pues muchos direis
que vuestro pueblo también es así.. Vosotros llegais a un pueblo, uno cualquiera... grande o pequeño, en la montaña o en la
playa, en España o fuera de ella; y recorreis sus calles y admirais sus
edificios y charlais con la gente. Y podeis pensar: «este pueblo es idílico,
entrañable, cálido... pero le falta "algo"» Por supuesto... no es el tuyo,
no te evoca nada.
He ahí la diferencia. Si tuviera que definir a Madroñal diría: Mi pueblo es... mi pueblo.
una verdad
como un templo, eso no me lo negareis... una lógica aplastante; ya os oigo
diciendo: «se ha quedado calva de tanto pensar». A ver, me
explico: Lo que diferencia a Madroñal del resto de los miles, o millones de pueblos es que es el
"mío". Y
no lo digo porque me considere superimportante, ni porque hayan dado mi nombre a
una calle, ni porque se esté votando en el ayuntamiento hacerme "hija honoraria
de la villa"... No, no. (Vamos, que tampoco me importaría ¿eh?, claro que
primero tendría que hacer algo superimportante... ahí es nada, pasar a la
posteridad). Lo digo porque cada edificio, cada calle, cada rincón, cada
vereda... traen a mi memoria un recuerdo. Eso no lo conseguirán ninguno de los
otros pueblos, ni villas, ni aldeas... por muy maravillosas y espectaculares que
sean.
Pero como vosotros no estais dentro de mi cabeza, para ver esos
recuerdos, tendré que haceros una breve descripción de él:
Situado dentro de la provincia de Salamanca y enclavado en
plena Sierra de Francia, es un pueblo de montaña. Sus casas se extienden sobre
la falda de una de ellas y su clima es excepcional: ni frío en invierno
(poquitas veces he visto nevar) ni calor en verano (la mantita por la noche no
te estorba). Ya hace bastantes años, una amiga mía me sorprendió un día
diciéndome que su catedrático de Geografía había hablado de mi pueblo: «Anda ya,
si mi pueblo es muy chiquirritín... no lo conoce nadie». Pero ella insistió que
era verdad, que había hablado de Madroñal, y que yo sepa, en toda la provincia
de Salamanca, Madroñal solo hay uno. Luego me soltó un rollo de que si mi pueblo
era un ejemplo de un microclima dentro de un clima, que si su situación
geográfica excepcional, al amparo de los vientos fríos y de cara a la salida del
sol, hacían de él un lugar único dentro de toda la Sierra... vamos que no había
otro igual. Pero eso ya lo sabía yo. Claro, que desde entonces y avalada por el
insigne catedrático, le suelto ese rollo a toda persona que quiera saber cómo es
mi pueblo. Por eso mismo tenía que decirlo aquí.
Digo yo que si será ese microclima tan excepcional, lo que ha
hecho crecer todo tipo de árboles aquí. Tenemos nuestro monte (de robles,
castaños, pinos...), nuestros cultivos (lo que quieras, desde una lechuga hasta
una aceituna), innumerables fuentes y arroyos, y tenemos nuestros madroños...
¿Por qué creeis que se llama Madroñal?. Si hasta tenemos nuestra pequeña leyenda
que cuenta su origen:
«Dicen las crónicas del lugar, que en una villa cercana a esta,
Miranda, existía un conde, dueño y señor de todos estos valles. Lo que hoy en
día ocupa mi pueblo, en aquella época era una mahada de pastores, que al estar
situado en un valle con tantos madroños, tomaba su nombre de estos: La mahada
del madroño. Cercana a esta se encontraba la mahada de la Cepa y entre ambas
corría un arroyo llamado de los San Pedros (no, no me he equivocado el arroyo
lleva su nombre en plural, y así sigue llamándose).
Cierto día, el hijo del conde salió a recorrer estos lares (no
sé a qué vendría, eso no lo dice la leyenda... tal vez de caza, tal vez a darse
un paseíto, o tal vez a buscar algunos madroños que están muy buenos). La época
era de lluvias y el arroyo venía crecido y el condesito (llamarémoslo así para
distinguirlo de su señor padre, el conde) trató de cruzar el arroyo. Calculó mal
el salto y cayó a las aguas. Como no sabía nadar (esto lo supongo, pues sino no
tendría sentido lo que sigue), la corriente lo arrastraba entre grandes gritos.
Alertados los pastores que cercanos cuidaban los ganados del
señor conde, acudieron a los gritos. Entre varios de ellos consiguieron sacarlo,
salvándole así la vida. Lo llevaron al castillo, (para recuperarse del susto y
secarse la ropa... que tampoco fue para tanto el accidente ¿eh?), e informaron
al señor conde de lo acontecido. Preguntó quién le había salvado la vida a su
retoño, y en agradecimiento entregole estas tierras a los pastores. Como habían
sido de ambas mahadas, los de la mahada del madroño crearon el pueblo de
Madroñal, y los de la mahada de la Cepa, crearon el de Cepeda».
Ya no hay conde en Miranda, terminaron los tiempos feudales,
aunque aún se pueden ver su torre y parte de sus murallas... pero el pueblo de
Madroñal, el de Cepeda y el de Miranda aquí siguen.
Esta es toda la historia del pueblo... de la antigua mahada no
queda nada. El edificio más antiguo es el campanario situado en la plaza del
pueblo, que no sé porqué se llama "Plaza de Otero Anelle". Nadie me ha contado
si ese señor estuvo por aquí alguna vez y si hizo algo importante por nosotros,
los madroñalejos. Al lado del campanario está la fuente: no os riais pero es una
gran atracción turística... no falla, llegan los foráneos a la plaza, beben un
buen trago de agua y siempre dicen «¡¡Qué fría!!, no se aguanta a meter la mano»
e invariablemente, algun paisano de los que siempre están sentados en los poyos
de la plaza le contesta: «Beban, beban... que no encontraran agua más rica.
Siempre está así de fresca, en verano y en invierno... no crean que en invierno
se hiela». Total, el agua es gratis. Y todos, todos los que pasan por mi pueblo
han probado el agua de la fuente... aunque luego hayan probado también el
vino... También los hay, que se han bañado en ella; y no es porque esté
permitido, que hace ya bastantes años que lo prohibió el excelentísimo
ayuntamiento... pero no queda fiesta del pueblo, en la que se deje de escuchar a
altas horas de la madrugada «¡¡Al pilón con él!!» y después se oye el chapoteo
en el agua, y las imprecaciones del pobrecillo que ha acabado en el pilón
mojadito de arriba a abajo. Excelente remedio para terminar con una cogorza. Y
os aseguro que nadie se ha enfermado, ni siquiera un triste catarro, por esta
mojadura nocturna. (¿Serán medicinales las aguas de la fuente?)
Y fue en este pueblo donde nació mi gran pasión por la lectura. Dos fueron
las causas: Aquí no había otra cosa para entretenerse: Allá por los años 60 y 70
no teníamos en el pueblo TV, ni había un parque para jugar, no había cines, ni
talleres para los niños... y mucho menos videos, DVDs o video-consolas que eso
vino muchos años después a la vida de los niños. Si no llovía, nuestros
imaginación encontraba muchos lugares para desarrollar nuestros juegos en
cualquier sitio alrededor del pueblo. Pero ¿y si estaba lloviendo (algo muy
normal aquí)? ¿Qué podíamos hacer para pasar las largas tardes? Pues leer...
pero, si tampoco había biblioteca, ¿de dónde nos surtíamos para satisfacer
nuestra aficción? Ahí es donde entra la segunda "causa": En el pueblo vivía un
joven, primo mío, que era inválido, apenas se movía de su casa pues las calles
del pueblo no eran adecuadas para trasladarse en silla de ruedas. Era él, que
tenía cientos de libros, quien ponía a nuestra disposición nuestro material de
lectura. En casa de Fernando, así se llamaba mi primo, nos reuníamos a leer,
hasta que la noche nos obligaba volver a casa (eso sí, nos llevábamos el libro
para terminarlo), y ahí fue donde participé en mis primeros debates sobre lo que
leíamos... Allí leí cientos de novelas de Marcial Lafuente Estefania, de Clark
Carrados, de Lou Carrigan... y alguna de Corin Tellado (he de confesar, que fue
la culpable de que me apartara de la novela romántica durante tantos años)...
Allí me aficioné a las novelas de intriga, y a las de terror... Hace ya veinte
años que murió mi primo, y el pueblo se quedó sin "biblioteca". Mi generación ha
seguido manteniendo su aficción a la lectura: hasta aquí llega un biblio-bus y
los libros se "prestan" entre nosotros..., pero las nuevas generaciones de niños
del pueblo no se sienten atraídos por ellos, ya hay muchas otras "cosas" en las
que emplear el tiempo libre.
Visto sobre un plano, Madroñal, son cuatro calles y dos plazas.
A la entrada del pueblo tenemos El Fronton, la calle Larga que nos lleva a la
plaza, aunque también podemos acortar para llegar a ella por La Callejina. De la
plaza salen tres calles: La Iglesia (donde vivo yo), Alhondiga, y Arroyo. Y de
esta última, cruzando la carretera también llamada avenida de Simon Rodriguez
(no direis, tenemos hasta una avenida...jeje), llegamos a la calle las Eras
donde está la Cooperativa del pueblo. Y no hay más. Esto es lo que os dirá
cualquier plano que consulteis. También os pueden informar que somos ciento
cincuenta y cuatro habitantes censados, la mayoría dedicados a la agricultura.
Pero lo que no os dirán es que El Fronton, aunque tenga una
gran pared o frontón jamás se han jugado partidos de pelota en él, entre otras
cosas porque si se te "va" la pelota, ya la puedes dar por perdida, pues se irá
la cuesta abajo y por mucho que tú corras la pelota llegará antes y a saber
dónde se habrá escondido. Aquí era donde tenía antes la parada el coche de
línea. Cuántas maniobras tenía que hacer el conductor para poder dar la vuelta
después de recoger a los viajeros y volver a subir hasta el Empalme (como su
nombre indica es el lugar a un kilómetro del pueblo que nos conecta con la
carretera comarcal). Y cuántas mañanas he tenido que esperar tiritando de frío a
que llegara Manolo (así se llamaba el conductor). En parte era culpa de mi madre
que siempre nos subía con media hora de antelación... «que por nosotros no
espera» eso era lo que te contestaba cuando tú te quejabas que faltaba mucho
para la "hora del coche". Si teníamos suerte el tío Cándido estaba ya levantado,
haciendo banastos y cestos, y tenía encendida una buena fogatina con la que
podías evitar quedarte "pajarito"... tened en cuenta que el coche de línea pasa
por mi pueblo a las seis y media de la madrugada y en pleno invierno eso es
completament de noche. Ahora ya no baja al pueblo, no me pregunteis que no sé
porqué... tal vez es porque ya hay menos viajeros, que el que más o el que menos
tiene ya su coche. Ahora tienes que subir al Empalme: imaginaos un kilómetro,
todo cuesta arriba y cargado con los bártulos, no me extraña que haya menos
viajeros. Y tampoco está ya el tío Cándido, que hace algunos años que nos dejó.
Así es que ahora, en el Empalme te tienes que calentar echando unas carreritas,
y dándote golpes con las manos... o eso, o te vas en tu propio coche.
Tampoco busqueis en el plano la Iglesia, en la calle La
Iglesia. En su época sí que llevaba esta calle al camino para ir a la iglesia.
Porque mi pueblo tuvo una iglesia antigua, monumental, con su pórtico de piedra,
su coro arriba con balaustrada de madera, losas en el suelo de pizarra (nunca
supe si había alguien allí enterrado), hornacinas donde estaban los santos,
adelante en el lugar de preferencia nuestra patrona, santa Ana, y un altar
adosado al altar mayor, pues en esta iglesia se celebraban las misas en latín y
el cura (Don Cayetano, el único cura que ha tenido en exclusiva el pueblo), se
colocaba de frente al altar mayor y dándo la espalda al público, digo a los
feligreses.... o sea, que no te enterabas de nada. Estaba bastante alejada del
pueblo, en el camino que llevaba a Cepeda. Un poco más abajo, en el camino había
una cruz de piedra (la cruz de los caídos) que he visto en más pueblos. Hace
algunos años se retiró, no sé bien porqué pues, aunque ahora haya una carretera
para ir al otro pueblo, el lugar donde estaba aún permanece como camino tal cual
estaba entonces. De la iglesia tengo pocos recuerdos de
ella, que se entremezclan con las descripciones que me han contado mis mayores.
Siendo yo niña la iglesia comenzó a agrietarse, y por miedo a que se derrumbaran
se dejaron de celebrar allí las misas. Me acuerdo de haberla recorrido cuando
de ella ya sólo quedaban cuatro paredes y aún se podía observar las losas en el
suelo, y la sacristía conservaba el suelo de madera... una imágen como de
película de miedo, cuanto más si tenemos en cuenta que al lado estaba el
cementerio, por entonces lleno de hierba, árboles y con numerosas cruces de
hierro. Ahora ya ni eso existe, se
tiró la iglesia, se amplió el cementerio, se hicieron caminos en él de cemento y
se levantaron nuevos panteones de mármol y granito. De la antigua iglesia sólo queda un pequeño arco
de piedra con un orificio central en forma de cruz, que se colocó sobre la
puerta del nuevo cementerio. Ahora tenemos una iglesia "muy moderna", más parece
por fuera un almacen que una iglesia, aunque sucesivas reformas están tratando
de darle una estética y un diseño más acorde con sus funciones.
Y no busqueis en la calle Las Eras, ninguna era. Al igual que
la iglesia las hubo: allí tenía lugar la palva, se rastrillaba el trigo que se
sembraba en mi pueblo, para separarlo de la paja... pero de esto nada os puedo
contar. Y bien que lo siento no haber conocido esa faceta de la vida de mi
pueblo. Hasta donde alcanza mi memoria no recuerdo haber visto ninguna palva,
eso fue mucho antes de que yo naciera. Esta no era zona de cereales, pues la
extensión es pequeña y no se podía competir con otras zonas de Castilla. Eso sí,
las eras las conocí. Eran tres extensiones circulares con el suelo enlosado de
piedras de granito situadas a diferentes alturas. Mi recuerdo de ellas es mucho
más gratificante: allí íbamos a comer el hornazo el Domingo de Pascua... ¿qué no
sabeis lo que es el hornazo? pues más adelante, en otro recuerdo, os lo
explicaré lo que se hacía ese día; tan sólo os adelanto que está buenísimo.
Puesto que las Eras era terreno comunal, es decir de todo el pueblo, se quitaron
todas las piedras, se allanó el terreno y se construyó allí la cooperativa:
COFRUMA, Cooperativa Frutícola de Madroñal; nos nos hemos devanado la sesera
para buscar el nombre ¿eh?.
Tampoco os dirá el plano dónde estaba la antigua Cárcel. Yo sí
os lo diré... estaba en la calle Alhondiga, en el bajo de una casa. Igual podía
haber sido una cuadra o una bodega, pero era la Cárcel, porque así lo decía el
cartel que había en la pared. Nada la distinguía de otros bajos, pero cada vez
que pasaba, y echaba un vistazo a la ventanita que había en la puerta, sentía un
repelús... y eso que nunca, nunca supe de nadie que hubiera estado allí
encerrado. Cuando le preguntaba a mí madre si alguna vez se había usado, me
decía que pocas veces, algun pendenciero que había intervenido en alguna riña y
que se había encerrado allí temporalmente hasta que se lo llevaba la Guardia
Civil. Aquí no hubo nunca un cuartel, y la justicia inmediata la ejercía un
vecino del pueblo, lo llamaban el juez de paz, aunque no era juez, ni abogado,
ni siquiera estudios superiores... pero se elegía "a dedo" entre las familias
más antiguas y ricas del pueblo.
También tenemos un parque infantil, bueno dos columpios y un
balancín... pero es un parque porque está situado en la antigua Huerta del Cura
y es infantil porque se supone que lo que hay en él es para que se diviertan los
infantes ¿no?. Menos mal que hay pocos niños que lo usen porque sino, las
discusiones por el turno para columpiarse, estarían a la orden del día. Lo que
sí se usa es el campo de futbol (mejor decir futbito por las dimensiones del
campo), que está junto a él. Todo esto se construyó cuando yo no tenía edad para
usarlo. Antes lo que había era, como su nombre indica, la Huerta del sr. cura.
Eso tenía más misterio y más morbo irle a robar las brevas al cura o tratar de
dislumbrar que es lo que hacían allí D. Cayetano y su ama... Que me acuerdo yo,
de una vez que fui a visitar al ama con mi madre pues estaba enferma y me
sorprendió comprobar que la cama de esta estaba al lado de la cama del cura. Por
entonces ya había muerto el cura y ningún otro había venido a ocupar su lugar,
las misas las oficiaba el párroco de un pueblo de al lado. Me contaba mi madre,
que D. Cayetano llegó al pueblo recién ordenado sacerdote, y aquí pasó toda su
vida, incluso después de jubilado, hasta que murió. Dicen que tomó de ama a la
moza más guapa del pueblo y que entre ellos se estableció una relación similar a
la de un matrimonio. No sé si será verdad, tan sólo puedo constatar el detalle
de las camas... De él tengo la imagen de verlo sentado en un poyo del Frontón,
vestido con sotana, y tú tenías que saludarlo con un «Buenas tarde, D. Cayetano»
y... tenías que besarle el anillo. A mí, aunque estudiaba en colegio de monjas,
aquello me parecía "demasiado", o sea muy servil, por lo que procuraba, si lo
veía, rodear por otra calle para evitar tener que saludarlo.
Recorrereis la calle Larga donde está el buzón para echar las
cartas; esa es nuestra oficina de correos (es que no nos fanta de "ná"). Como no
hay estanco, ni kiosko ni nada similar donde comprar un sello, una de dos: o
eres prevenida y los compras cuando vas a otros pueblos o echas en el buzón,
junto con la carta, el dinero equivalente (más o menos, tampoco hay que ser muy
exacto porque no has pesado la carta para saber si tiene exceso de papel y sea
más caro que el correo normal)... el cartero ya se encargará de pegárselo. Este
"truquito" del dinero no te lo explican los folletos turísticos.
En esta calle, vereis el consultorio médico y la farmacia, que
sólo se abre unas horas dos días a la semana. Se ve que aquí somos poco dados a
ponernos enfermos. Pero yo veré algo más.... veré en ese edificio las antiguas
escuelas, dos aúlas: una para los niños y otra para las niñas, y recordaré a
Doña Concha, la maestra que tuve el invierno que pasé aquí. Y vendrán a mi
memoria los "guateques" que celebrabamos en el aúla de las niñas los domingos,
animados por la música de un radio-casette. Esto fue cuando se cerraron las
escuelas, porque no había suficientes niños y el ministerio realizó la
concentración escolar. Hoy en día hay más niños en el pueblo, menos mal, pero
todos van a estudiar a Miranda. Para ello hay un transporte escolar y unos
comedores gratuítos. Pero el recuerdo más triste que tengo asociado con este
edificio, es el del funeral de mi abuela. Mientras se construía la nueva
iglesia, durante muchos años se celebraron las misas en el aula de los niños. El
altar era la mesa del maestro y los bancos para los feligreses eran los antiguos
pupitres. Allí, un domingo de abril, se celebró el funeral de mi abuela, llovía
intensamente, acudió mucha gente, y yo tuve que sentarme con mi pena en los
escalones fuera del aúla. Nadie reparó en mi, tan solo era una niña... pero yo
acababa de perder a la única abuela que conocía y mis lágrimas se unían al agua
que caía del cielo. Ya nada volvió a ser igual en el pueblo, los recuerdos ya no
volvieron a ser tan alegres, ni la casa del pueblo tan acogedora.
Por eso os decía al principio de este recuerdo, que mi pueblo es especial
para mí... que es único porque evoca en mi sentimientos, añoranzas de todo un
tiempo que ya pasó... una época y un lugar que me gustaría que no se olvidaran.
"Recuerdo" copiado de
EL BAÚL DE LOS RECUERDOS de EL DESVÁN DE ISABEL