.. y de una huerta en un tarde lluviosa.

Aunque no sé porqué la llamábamos huerta, si por aquel entonces jamás ví ninguna hortaliza sembrada en ella. Podrían haberla llamado jardín, pero tampoco tenía flores, o tal vez cortinal, como se decía a otros espacios más o menos verdes cercanos a las casas... pero siempre la conocí con ese nombre y con él seguirá.

La huerta eran dos paredones (así es como se llama en mi pueblo a un pedazo de terreno limitado por paredes, a diferentes niveles que se extienden por la falda de la montaña). Era un lugar sombrío, con árboles frutales tan altos y frondosos que nada crecía debajo de ellos. Situada por debajo de la casa de mis abuelos, rodeada por una chopera, sin casas alrededor con vecinos que te observaran, sin caminos que cruzaran cerca y trajeran a molestos visitantes y sin sonidos del pueblo que lograsen penetrar hasta allí... adentrarte en ella era como entrar en esos bosques donde el tiempo se detiene.  Así permaneció durante muchos años. Toda esta paz, tan sólo era interrumpida por algunos pájaros que anidaban en las ramas altas, algún que otro gato que cruzaba en busca de territorios de caza, el sonido lejano del arroyo, y... la algarabía de nuestros juegos.

Porque la huerta era nuestra... Mis abuelos solo entraban allí cuando había que recoger los frutos de los árboles, y mi primo, mi hermana y yo éramos sus dueños. Era nuestro campo de batalla, donde desarrollar cualquier historia que nuestra imaginación vislumbrase. Era nuestro rincón secreto donde planear mil y una aventuras. Podíamos ser piratas, exploradores o colonizadores de un territorio muy lejano (era lejano en nuestra imaginación, porque en la vida real estábamos al alcance de las llamadas de mi madre). Y así, por arte de magia, los árboles (que para los mayores sólo eran eso, árboles) se transformaban en las herramientas de nuestros juegos.

Teníamos allí material suficiente para nuestro parque infantil privado: En el peral situado en el centro del paredón bajero (aunque os suene vulgar así se llamaban: paredón bajero, paredón cimero) colocábamos la engalea. Y os preguntareis qué es una engalea, pues simplemente un columpio rústico. Una soga (o cuerda gorda) colgada de una rama, un saco de esterilla para evitar roces y magulladoras ya sabeis donde, y no necesitabamos más para podernos columpiar. En el ciruelo podíamos practicar la escalada (algo similar a lo que vemos en las pelis y documentales que hacen los aborígenes de las islas del pacífico cuando suben a buscar cocos a las palmeras); las ramas muy altas y el tronco prácticamente liso, hacia muy dificil la subida para recoger los frutos. Visto en la tele parece fácil, pero he de confesar que por mucho que practiqué nunca lo logré, y las ciruelas las cogía desde el balcón de la casa (estirándote un poco lograbas acercar las ramas con mucho menos esfuerzo). Un tronco caído, si lo colocabas sobre alguna de las piedras que por allí había, conseguías un estupendo balancín. También podías buscar caracoles entre la hiedra de la pared, o buscar entre las ramas de los árboles algún nido escondido, o excavar en la tierra en busca de lombrices (algunas veces encontrabas otros bichos menos esperados, como la salamandra que sacamos una vez)... Pero había otros rincones, mucho más interesantes, donde podíamos poner en juego toda nuestra imaginación.

La higuera situada en la parte más alejada, que tenía una rama que crecía casi paralela al suelo, se transformaba en... ¡¡un avión!!. Sí, aunque no os lo creais cuando te subias a ella, avanzabas hacia el paredón situado por debajo (a bastante altura, por cierto) y comenzabas a saltar (eso sí, agarrándote a la rama superior, porque suicidas no éramos) te sentías como si volases.... «¿A dónde vamos hoy?» «Vamos a África». Y allá que nos subíamos los tres en la rama, y cimbréabamos a la pobre higuera, mientras no párabamos de gritar y reir. Visto ahora, con la perspectiva de los años, parecerá un juego tonto y puede que algo peligroso (menos mal que nunca se rompió la rama, pues el batacazo hubiera sido de campeonato)... pero éramos niños con mucha energía que quemar y mucho tiempo que emplear.

Pero no nos contentábamos con viajar, también teníamos que colonizar allí donde nuestra imaginación nos había llevado. ¡¡La de casetas que habremos hecho en la huerta!! El rincón mejor era en la esquina de la derecha, pegadita a una pared, (así tenías menos trabajo pues ya había algo hecho) y con las ramas de otra higuera como techo. No eran casetas echas al tuntún, que va... había que planificarlas, dibujarlas en un papel, medir el espacio, buscar los materiales (normalmente palos y sacos que podíamos virlarle a mis abuelos) y requisar las herramientas (martillos, puntas, petallas para cortar los palos... que había que devolver antes que se enteraran). Después comenzaba el trabajo duro, que duraba días y días: había que cortar ramas (buscando las que nos fueran útiles), hacer hoyos en la tierra, clavar las vigas de madera, sujetar los sacos a estas con puntas como si fuesen paredes... Mi primo era el que más sabía de todo esto, además de ser mayor que yo, vivía todo el año en el pueblo y manejaba mejor las herramientas más peligrosas, como el martillo, el colvillo, el hacha... Bueno, también era más marimandon (más que yo que ya es decir), y si no le obedecias en todo lo que te mandaba, se enfadaba y no hacía nada. Puesto que sin su ayuda poco podíamos hacer mi hermana y yo, no quedaba más remedio que chincharte, aguantar y hacer lo que te decía.

Una vez terminada la estructura exterior, también nos preocupábamos del interior; por supuesto, si íbamos a vivir en ella no podia faltar un buen equipamiento: una mesa vieja con una pata rota que mi abuela habia dejado en la huerta (se le coloca una piedra debajo de la pata y... lista para ser usada sin cojear); unos troncos o piedras, los más lisos que encontráramos para ser usados de asiento; unos tablones (que nos costó recorrer los alrededores del pueblo para dar con ellos) colocados en la pared de piedra servirían para poner nuestros tesoros (los libros, las herramientas, nuestros lápices y papeles...), incluso poníamos una botella de cristal con flores porque adornaba y le daba un toque de hogar. En esto era yo la que más marimandoneaba, pues era más propio de niñas.

¡¡Ay, qué orgullosos estábamos cuando por fín la terminábamos!! Corrías a buscar a la gente para que la viera, (lease abuelos, padres, tíos y a los amigos del pueblo). Claro que la respuesta era diferente dependiendo quien la admirase. Tu abuelo, por ejemplo, se quedaba mirando hacia los sacos y decía  «¿De dónde habeis cogido estos sacos? No serán los que tenía para guardar las patatas (o las manzanas, o el trigo, o lo que en aquella época se cosechase)». Rápido te apresurabas a explicar que no, que estaban tirados no sé donde, y que ya habías preguntado a la abuela (o mi padre, o mi madre) si podías cogerlos (confieso que esto último no siempre era cierto, pero como la investigación de mi abuelo no iba más allá, pues evitaba una buena reprimenda). Sin embargo, nuestros amigos no se preguntaban de dónde provenían nuestros materiales, eso les daba igual; ellos miraban nuestra caseta con sorpresa, casi con envidia e inmediatamente preguntaban «¿Puedo yo jugar con vosotros? ¿Me dejareis venir?». En este caso respondías, también rápidamente: «Es que mis abuelos no dejan que entre nadie en la huerta». Alguna excusa había que poner, porque eran nuestros amigos (eso nadie lo dudaba)... pero la caseta era nuestro tesoro, y la huerta nuestro territorio, y dejar entrar extraños en tu territorio ya se sabe que puede traer consecuencias que era mejor evitar.

Y os preguntareis qué hacíamos en la caseta. La verdad, no mucho... leer, hablar, incluso a veces comer el bocadillo de la merienda. Pero como estas eran actividades que te gustaba más hacerlas al aire libre que no encerrados entre sacos, piedras y palos, pronto perdía el aire de novedad y quedaba allí abandonada, esperando el regreso de sus habitantes. Y un día, bastante tiempo después uno de nosotros decía «Estaba pensando, que podíamos hacer la caseta más grande si...» o también «Quedaría mejor si en vez de sacos hubiéramos puesto en las paredes escobas (enténded por escoba el arbusto así llamado, no la escoba que usamos para barrer) sujétandolas con cuerdas y en el techo...» y todo empezaba de nuevo. Porque lo que de verdad nos gustaba era construirla; con lo que disfrutábamos era viendo surgir de nuestras manos lo que antes era sólo una imágen en nuestras cabezas. Una nueva idea, una nueva caseta. Cada vez más grande, cada vez mejor construida...

Hasta que un día ocurrió un accidente (algo sin demasiada importancia, pero ya se sabe como se toman estas cosas los mayores). Mi primo pisó un tablón lleno de puntas, una de ellas se le clavó en el talón, y os podeis imaginar: la sangre, los gritos de mi primo, los mayores que vienen corriendo, las madres que se ponen histéricas (yo también soy madre, pero creo que no soy tan histérica, creo yo ¿eh?)... y la consecuencia lógica: «Prohíbido hacer más casetas en la huerta, nada de puntas, ni sierras, ni colvillos, ni martillos... ¡¡hala, a jugar p'al pueblo!!». Aunque tampoco hubiéramos podido, porque mi primo estuvo una temporadita cojeando, sin poder apoyar el pie. Así es que entre la prohibición, la baja laboral del arquitecto jefe, y el final del verano (y con ello la vuelta a Salamanca), se acabaron las casetas. Vendría otro verano, pero ya éramos más mayores, teníamos otros juegos, lo de las aventuras quedaba para los críos, ahora tocaba vivir otras historias...

Yo pensaba haber descrito cómo era antaño la casa del pueblo, cómo vivía mis vacaciones allí (porque había muchos otros sitios, no sólo la huerta), cómo ayudaba a mis abuelos con los animales que tenían... pero esto se ha alargado demasiado y temo aburriros. Mejor lo dejaré para otro recuerdo. Tan sólo deciros que la huerta como tal ya no existe... Por la chopera pasó una carretera, los árboles se quitaron, en el paredón bajero construímos otra casa, y ahora sí que se siembran hortalizas en el paredón cimero. ¡¡Ays!! (traduzcase por un suspiro) ¡Todo se va, todo se acaba más pronto o más tarde! Aunque bien mirado, si no fuese así no podríamos tener experiencias nuevas, lugares nuevos para explorar, otras casetas que construir... Lo que nunca se irá será mi recuerdo de una tormenta de verano, refugiada en mi caseta, viendo caer el agua a traves de una abertura entre dos sacos. Recordaré siempre (al menos, eso espero) el sentimiento de encontrarme a salvo en mi refugio; aunque para otros ojos fuese solo un montón de palos, sacos o escobas, para mí era el lugar más seguro donde podía pasar una tarde lluviosa... simplemente porque lo había hecho con mis propias manos

 

Siento no tener fotos de la huerta tal como era antes, y ya me hubiera gustado que hubiese quedado prueba gráfica de nuestras casetas. Por aquel entonces las fotografías sólo las hacían los fotográfos. La imagen que os pongo es la más antigua que he logrado encontrar de la casa del pueblo, tal y cómo era antes. Como veis era la última de la calle, después de ella sólo había campo. A la huerta se bajaba siguiendo la pared de la casa, yendo hacia la izquierda de la foto. ¡Ah! el pequeñajo que se ve en primer plano bañándose es mi hermano, no soy yo..

 

 

 

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