Mi infancia son recuerdos de un patio...
... no, de Sevilla no, un patio de Salamanca. Cuando escuchamos a Machado hablarnos de su patio andaluz, nos imaginamos un espacio amplio, con su fuente en el medio, sus geranios alrededor, sus bancos debajo de los soportales para escapar del calor de mediodía y sus azulejos con alegres dibujos. Pues bien, el patio de mis recuerdos sí tenía geranios y también alguna silla de esas de bayon que por vieja se había descartado para usarla dentro de casa... pero nada más en común con el otro. Era pequeño, de cemento, con una pila para lavar mi madre, unos pequeños cuartos para guardar trastos y unas escaleras muy, muy estrechas y empinadas (cuidadito al bajarlas porque eran bastante peligrosas, y si no que se lo digan a mi hermana, que las rodó una vez y creímos que se había matao). Subiendo por ellas llegabas a la terraza...
¡Qué buenos recuerdos tengo de esa terraza!. Un pequeño cuadrado situado en la azotea de la casa, de baldosas rojas y grises, dos paredes encaladas de blanco donde estaba situado el desván al que se accedía por una ventana (habeis leído bien, una ventana no una puerta), con una baranda para evitar caerte al patio (pues la altura era considerable) y con una pequeña valla que la separaba del resto de las terrazas de la manzana. Los patios y las terrazas eran interiores, nadie te veía lo que hacias desde la calle, y a través de ellos te comunicabas con el resto de los vecinos. Siempre era más fácil saltar la valla que dar la vuelta a la manzana para llamar a la puerta.
En la casa de al lado vivía Finita, y no la llamábamos así porque fuera excesivamente delgada (aunque ahora que lo pienso en aquella época aún no se había oído hablar de la obesidad infantil), sino porque su nombre completo, Serafina, era demasiado rimbombante para una niña. Algunos padres no piensan que sus hijos tienen que llevar ese nombre durante toda la vida, y ha de valer para todas las etapas. Porque a ver, tú dices Serafina y yo pienso en una señora cincuentona no en una niñita de tres o cuatro años. Pero como el padre de Finita se llamaba Serafín, no se lo pensaron mucho, no. A los curiosos os diré que su madre (casualidades de la vida), se llamaba Isabel.
Y os preguntareis cómo pasábamos las tardes (y cuando no había escuela, los días enteros) en ese pequeño patio Finita y yo. Desde luego que no podíamos montar en bicicleta, pues ninguna la teníamos, la economía familiar no daba para tanto. Tampoco contábamos con columpios, piscinas, balancines... y todo eso que pulula hoy por los jardines de las urbanizaciones... el patio no daba tanto de sí, apenas eran unos seis metros cuadrados ¿dónde íbamos a colocar todo eso? Simplemente nos las apañábamos con lo que teníamos a mano.
Un día teníamos unos plásticos que habían sobrado a la señora Marcela (otra vecina de la calle) del embalaje de su colchón nuevo y nuestra imaginación lo convertía en el mejor traje de disfraces que te puedas imaginar: yo te los pongo así más o menos alrededor de los hombros como una capa, y hete aquí transformada en una princesa de cuento. Ahora nos podemos inventar que estamos prisioneras en la torre de un castillo, y que esperamos desde la almena a que vengan a rescatarnos (aunque en realidad, estábamos en la azotea de la vecina y que la única que puede venirnos a rescatar es mi madre para llamarnos a merendar); o tú me envuelves los plásticos por la cintura y le dejamos una larga cola y jugamos a que somos dos novios el día de la boda... Unos plásticos dan mucho de sí, no creais, y con ellos te puedes entretener días y días, hasta que se te agotan las historias o se rompen. Más bien esto último, porque la imaginación para inventar fantasías a unos niños no se les acaba así como así.
En la terraza jugábamos a las maestras, conmigo de señorita maestra, poque siempre he sido muy marimandona; a las comiditas, esto era muy apropiado cuando mi madre o la señora Isabel nos traían la merienda, y nuestro chocolate con pan se convertía gracias a nuestra fantasía en el menjor manjar del que hubiéramos oído hablar (aunque tampoco conocíamos muchos especiales, pues en nuestro barrio todos comíamos igual); o jugábamos con la pelota, ¿conoceis esos juegos que a la vez que cantas una cancioncilla tienes que hacer determinados movimientos con la pelota? ¿No? Entonces es que sois mucho más jovenes que yo. Había que ser muy habilidosa para agacharte, levantarte, darte la vuelta, girarte... sin que se te cayera la pelota y sin dejar de cantar, claro. He de confesar que por mucho que practicara eran incontables las veces que la pelota caía al suelo y perdía turno en el juego...
Pero lo mejor de mi patio eran las gallinas... Sí, habeis leído bien, en un lado del patio había un gallinero, donde criábamos gallinas y conejos. También alguna vez hubo palomas. Los conejos no podíamos sacarlos al patio, porque a la menor que te descuidaras ya se había colado alguno en el patio del vecino y, "si te he visto, no me acuerdo", adios conejo. Pero las gallinas, salían al sol casi todos los días y se dejaban coger, achuchar, darle de comer en la mano... hombre, no es que fuera como tener un perro, pero estas ponían huevos, y bien ricos que estaban. Les dábamos pan que sobraba en casa, algo de pienso y, algunos días, hierba que íbamos a recoger a la orilla del río Tormes, que quedaba cerquita de mi casa.
Cuando llovía no podíamos jugar en la terraza, más bien no nos dejaban porque un poco de agua nunca ha impedido a los niños seguir con sus actividades ¿no?. Ya os contaré otro día nuestros juegos de interior. Por supuesto no contábamos con un juguetero o baúl lleno de ciento y una maravillas para entretenernos, y ni soñar con un cuarto especial para jugar. La vivienda era pequeña, tan solo había dos dormitorios, comedor, cocina y baño (bueno y mi patio, claro). No había calefacción y pasábamos el invierno alrededor de la mesa camilla con nuestro braserito de cisco (para los que no sepan qué es el cisco, les aconsejo que se den una vuelta por Google Street, que allí encontraran algo de él). Ni teníamos televisión, aunque sí una radio grandota de esas que habreis visto en las películas antiguas. Los muebles imprescindibles y mucho, mucho calor de hogar... pues aunque fuese pequeñita allí cabía todo el mundo: los amigos que venían de visita, los paisanos que llegaban del pueblo y se quedaban a comer, los parientes que se quedaban unos cuantos días (o meses) con nosotros...
Entonces, con mis tres o cuatro años la casa me parecía un palacio. Nos mudamos a un piso, cuando yo tenía cinco años y no volví a ella hasta mucho tiempo después. Curiosamente la primera vez cuando regresé a la casa donde nací y enfrenté mis recuerdos a lo que estaba viendo, me pareció mucho más pequeña, como si hubiera encogido. No sé si es que en mi memoria yo la había engrandecido o es que mi estatura física había aumentado. Hoy en día, ya no existe... urbanizaron hace unos cinco años el barrio y mis padres la cambiaron por un piso; más nuevo sí es, pero no tan entrañable.
Aunque parezca mentira así eran antes la mayoría de las casas en Salamanca, en un barrio que, en la actualidad, se considera situado en el centro de la población. Claro la ciudad crece y lo que antes eran las afueras hoy es el centro. Y se construyen nuevas viviendas en las nuevas afueras de las ciudades. Aunque, eso sí, ahora se llaman chalets adosados con jardines interiores, y antes se llamaban casas de planta baja con patios interiores... ¡hasta los nombres deben evolucionar!
Por si os queda alguna duda sobre lo que os he contado adjunto pruebas gráficas.